Para ti, que compartes conmigo este trayecto.

domingo, 3 de julio de 2011

Otro año, pá.

Mis papás.


Para mis hermanos.


Hoy tenía que llover así; como aquel julio. El agua golpeaba y desgranaba sus gotas en la ventana. El ruido del viento se manifestaba furioso, inconforme, así como yo lo estaba.

El día había amanecido nublado; tanto gris en las nubes, tanta tormenta gestándose, tanta agua que cayó a borbotones. Yo no lo noté. Alguien llegó a abrazarme a mitad del estacionamiento del hospital. Estaba empapada. Lloraba sin parar. Pensé que toda esa agua salía de mí, de mi dolor.

De nada sirvió la pastilla que me dio la enfermera, -para que te tranquilices, mija-o el ‘permiso’ que una noche antes le había dado a Dios para que se lo llevara. No quería que sufriera. Él, que había sido siempre un hombre fuerte, deportista, disciplinado, estaba agotado. Ya no había que luchar; se trataba de aguantar. Increíble pensar que un hombre sano, que no llegaba ni a los 50 años, tuviera que pasar, sin ninguna lógica, por todo lo que él pasó.

Un mes antes yo estaba estudiando fuera de México. Había encontrado un trabajo que se combinaba muy bien con mis horarios en la universidad. Tenía un grupo de amigos con los que viajaba, me divertía y me sentía cómoda. No había ninguna razón para volver a casa…hasta aquella llamada.

-Van a operar a tu papá; no te preocupes, es algo muy sencillo. Dicen los médicos que en tres días estará de vuelta en casa-

Contra todos los argumentos e intentos de mi madre por convencerme de que no viajara -son muchas horas de vuelo, vas a perder clases, no es nada grave-, yo sabía, y nunca me voy a arrepentir de haberlo hecho, que tenía que volver a México.

Una operación ‘de rutina’ derivó en una negligencia médica. De ahí en adelante,  más de un mes de pesadilla; una operación tras otra, de terapia intensiva a ‘piso’, de ‘permanece estable’ a ‘urgen donadores de sangre’. Opiniones iban y venían, mis abuelos decían una cosa, los tíos otra, los amigos bien intencionados, daban también consejos. Mi mamá los escuchaba a todos pero sólo alcanzaba a decir -decidan lo que crean que es mejor, yo sólo quiero a Julio de vuelta en casa-.

Así pasaron los días, las noches, las semanas. La mañana de su muerte yo estaba con él. Mi mamá y mis hermanos habían bajado a la cafetería del hospital a desayunar. Mientras lo rasuraban, veíamos un partido de fútbol. Recuerdo que la enfermera le preguntó -¿sabe quién es ella, Don Julio?- Cómo no voy a saber, si es la persona que más amo en este mundo-.



Esas fueron sus últimas palabras. A los pocos minutos le sobrevino un ataque al corazón fulminante. Doctores entraban y salían. Me sacaron del cuarto. Uno de ellos salió al pasillo y me dijo -lo siento mucho, tu papá acaba de morir-.

Me tomó muchos años reconstruir los instantes y momentos posteriores a ese día. Trabajar con el dolor, entender y sobrellevar el duelo, aprender a vivir con la ausencia, es un camino largo, intenso y muy fuerte. Confrontar a la muerte no es una empresa fácil. No pasa un solo día en que no lo extrañe. Pero agradezco, infinitamente, haber podido platicar con él de tantas cosas, haberlo abrazado y decirle una y mil veces cuánto lo amo. No tener culpas y la conciencia tranquila, es la mitad del trayecto.

Este fin de semana, nos reunimos con mi mamá todos sus hijos y nietos. Lo hacemos cada aniversario desde hace algunos años. Hemos encontrado en esta ‘celebración’, no sólo una manera sana y hermosa de recordarlo, sino también de compartir con sus nietos anécdotas, fotografías, bromas y sí, muchas  lágrimas.

Ha sido también, la mejor forma de descubrirlo en sus nietos y reconocernos, sus hijos, en él. Escucharlo en la risa de Julio, su tocayo, adivinarlo en los gestos de Natalia, en las manos de Ana Paula, en las carcajadas de Isabella y en el ceño de Diego. Ver bailar a Emilia y encontrar el mismo ritmo. Observarlo en los ojos de Victoria y en el caminar de Rodrigo.

Por eso, pá, siempre estás. Siempre.

Te amamos.

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