Para ti, que compartes conmigo este trayecto.

martes, 7 de junio de 2011

La abuela.


Hace mucho tiempo que no te escribo, abue. Quizá porque desde que no estás, todo lo que he querido decirte lo he hecho en voz alta, cantando, o en susurros, como contándote un secreto. Pero hoy que es un día especial, quiero recordarte en estas letras y ‘ponerte al día’; como siempre me decías cuando hablábamos largas horas por teléfono, o en esas interminables cartas que nos escribíamos.

Siempre presumo de mi herencia cubana y te echo la culpa de que me guste la rumba, de que no pueda evitar mover los pies al son de la música: No puedes negar a la Caridad del Cobre, recitabas mientras me veías bailar. Y cómo hacerlo, abue, si lo aprendí de ti, si me enseñaste a escuchar los compases y los ritmos, a aplaudir mientras movía los hombros y la cabeza, a sincronizar los pies y a mover con cadencia la cintura.

- Atención con las percusiones, niña.

- ¿Con las qué?

- Con los tambores, caramba. Ahí está el secreto del buen ritmo.

Bien decías que mi padre no se había equivocado al llamarme como tú, y ahora lo entiendo yo también. Conservo, desde que me enseñaste a leer, un inmenso amor y placer por la lectura; siempre cargo un libro porque con un libro nunca te sentirás sola, ¿te acuerdas?

Muchas de mis grandes pasiones se las debo a tu sangre, a tus lecciones, a tantos y tantos momentos compartidos; pero, sobre todo, se las debo a tu ejemplo. No puedo evitar maravillarme cuando miro los botones, sus colores y formas; y apareces en mi mente en esa máquina de coser donde convertías un retazo de tela en un 'vestidito', un encaje en una capa, y así nos bordabas sueños y personajes imaginarios.


Lo mismo me sucede con los timbres y las monedas. Contigo descubrí el significado de coleccionar, reunir y cuidar con esmero pequeños objetos. Yo cambié los botones por las canicas, los timbres por postales y las monedas por piedras.

Ya no sé tejer tan bien como me enseñaste, pero tengo tu sazón.

He olvidado las lecciones de piano, pero soy entonada y canto todas las noches antes de dormir.

Tengo años de no ir a la iglesia pero soy voluntaria en un asilo. Voy a leerle a los “abuelitos” dos veces por semana [a ti te encantaría ese lugar].

No me arreglo tanto como tú, pero me pinto los labios aunque me esté llevando la tristeza.

No cuido violetas pero sí un bambú.

Ah, pero eso sí, volví a La Habana, como te lo prometí. Y me senté en el malecón a comer helado y escuché tus palabras, claritas, como me las dijiste años atrás cuando fuimos juntas:

Aprende a observar el mar, a escucharlo. Busca estar cerca del agua. Encontrarás refugio y respuestas. Te lo dice la hija de una isla. Tú tienes la cabeza en el cielo y echarás raíces en tu corazón. Pero los pies, mi’jita, los tienes en el agua.

Son las palabras más sabias que me han dicho, abue. Y no las olvido. Como tampoco te olvido a ti.


Posdata: una última confesión. Cuando regreso al Palacio de Bellas Artes, de vez en vez, me escapo al Sanborn’s de Los Azulejos y pido una malteada de chocolate. Nada más por el puro gusto de recordar los días en que íbamos juntas después de los conciertos. ¿Ves?



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