Para ti, que compartes conmigo este trayecto.

lunes, 30 de mayo de 2011

Un beso.


Foto: A. Robledo
La fiesta seguía, y ahora era Emelina la que se levantaba de su butaca para bailar al son de los sones con el cuerpo y el alma, y algo más allá indefinible. Los ojos rasgados, miel, le brillaban. Las manos se movían por sí solas, acompañando el sincopado ritmo de los hombros. Su vestido, liviano y húmedo por partes de tanto sudor, iba detrás de ella cada vez que se inventaba una vuelta para después, cuando ella se detenía, enrollársele sobre los muslos, sobre esos muslos firmes y morenos que todos querían ver y sólo podían imaginar. Los hombres formaron un círculo a su alrededor. Las mujeres, de una en una, de a dos, ingresaron en él. Unas querían demostrar que también ellas sabían, otras se dejaban llevar por los sentidos sin importarles los patrones, el esposo, el amante o los hijos, se dejaban llevar por la música y el viento, por el calor, por el alcohol que creían sentir en sus venas, bajando hacia las manos y las piernas, y subiendo luego más despacio, incontrolable del todo. Cuando escucharon la lejana melodía de un clarinete que se mezclaba con las guitarras y las congas y los vasos, imaginaron o vieron serafines danzantes.
Emelina cerró los ojos como para no abrirlos nunca más, como para meterse dentro de aquellas notas y compases y sentirlos recorrer sus vísceras, pues la melodía era su rumbo y las letras eran ella, e imaginaba que todos sus años de ir y volver eran aquella canción, no había nada más ni nada menos, sólo ella, Emelina, y la música para hacerla suya, para ser esa canción, y a medida que el clarinete se hacía más sonoro mayores eran sus angustias, angustias felices, pero angustias, angustias por no ser capaz de poner en palabras sus sensaciones, angustias porque cuando abrió los ojos tenía el clarinete a medio metro y don Santiago la observaba, pero ella no podía discernir entre realidad, sueño y deseo. Fue deseo, y también sueño y realidad, un instante nada más que intentaría recordar por el resto de sus años. Un beso.

Fernando Araújo Vélez.



No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada