Para ti, que compartes conmigo este trayecto.

lunes, 30 de mayo de 2011

Casi el cielo.



…Y el aire entró con dedosde azahar sobre todos los dormidos:mil años de aire, meses,
 semanas de aire,de viento azul, de cordillera férrea,
que fueron como suaves huracanes de pasos 
ilustrando el solitario recinto de la piedra”.

Alturas de Machu Picchu, Pablo Neruda.



¿Qué es lo que hace que un lugar se considere sagrado?
¿Qué nos hace significativo un objeto y un momento?
¿Qué hace que una idea nos genere asombro y estupor?

Yo lo entiendo y lo vivo como el valor que les adjudicamos según la carga emotiva o simbólica que nos representen. Así, de acuerdo a la historia que hayamos vivido en ellos, con ellos, nos convierten en coleccionistas de instantes, en conquistadores de momentos preciosos que conservamos en nuestra memoria afectiva.

Y lo hacemos desde un lenguaje e ideario personal, con un abecedario único, con una marca de posesión. Un rincón donde besamos apasionadamente adquiere categoría de altar; un sillón donde se intercambiaron caricias se venera y se consagra, y una cama de hotel se convierte en un santuario de deseo y placer. Caminar por una ciudad se traduce en una experiencia imprescindible. Cruzar miradas, escuchar zumbidos y el ajetreo de las nubes.

Esos eternos instantes que te hacen amar un lugar.

Pero hay también sitios que de manera particular se escogen para iniciar una historia, para cerrar una herida o cumplir una promesa. Emociones inéditas que nos abren puertas, que nos acorralan en rincones con paredes tatuadas de escenas, momentos imaginarios, sensaciones que tiritan en cada hueco de la piel y se instalan en cada poro. Se enquistan en el corazón.

Así fue Machu Picchu: melancolía, acordes con claves, señales del viento, plegarias, tersos recuerdos sustentados, escenas inolvidables, mensajes subliminales y un grito.

Tu grito lo más cerca del cielo.


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